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lunes, 29 de septiembre de 2008

HUEVO "A LA ANTIQVA"




Una conocida “leyenda urbana”, más bien rural en este caso, sostiene que Eudosio López, en su huerto, cría patatas ecológicas, sin añadir ningún tipo de abono a la tierra ni de “venenos” a las plantas. Cuando llega su momento, María suele comprar un saco de esas patatas que Eudosio produce. Sazonadas durante su crecimiento con todos los vestigios que las sucesivas presencias romana, islámica y cristiana han ido dejando en las tierras del Valle del Guadalquivir lo cierto es que las patatas de Eudosio suelen estar riquísimas.

Digo que la ausencia de abonos y “venenos” es una mera leyenda ya que algunas veces nuestro amigo nos ha vendido el producto en un saco en el que se hacía constar que las patatas procedían de la Denominación de Origen “Santo Domingo de la Calzada”, población que debe estar en Burgos o en La Rioja, en todo caso “en pleno Camino Jacobeo a Santiago de Compostela”, algo lejos de Córdoba, sin duda.

En cierta ocasión, entre risas, al ver que las patatas que nos vendía no eran, obviamente, criadas por él sino compradas en otras tierras –y como es natural, producidas con todo tipo de fertilizantes y plaguicidas- no pude sino comentarle:

-Vaya, Eudosio, veo que te sirves de sacos que compras en Santo Domingo de la Calzada, en donde “cantaba la gallina después de asada”.

Y uno, recordando la conocida historia jacobea, no podía sino sonreír viendo como nuestro amigo, quizás analfabeto, se ponía colorado como un tomate.

Pues bien, amigos, se me ha ido un poco “el santo al cielo”, pero lo cierto es que cuando llega el momento ansiado en que Eudosio López pone a la venta sus riquísimas patatas es cuando procede ponerse manos a la obra y preparar el suculento plato que hoy os ofrezco.

Con extremo cuidado, para no “rebanarse” algún dedo, se debe proceder al pelado y cortado en tiras de dos o tres patatas, que posteriormente deben echarse a la sartén, con el aceite ya caliente.

Simultáneamente, se deben lavar y cortar unos cuantos pimientos verdes, cinco o seis “por barba”, procedentes de la propia huerta de uno, si es el caso. Quitados el rabito y las semillas, las tiras de pimientos se deben echar en otra sartén, lo que entraña un riesgo de especial peligrosidad, ya que el agua que procede del lavado previo del producto no hace “buenas migas” con el aceite hirviendo. De hecho, amigos, “que nadie se entere”, eso lo suele hacer María, que no se fía de que Antiqva vaya a salir “escaldado”.

Una vez fritos los pimientos y las patatas –a los que antes se debe haber añadido algo de sal- procede cascar un huevo, a ser posible sin romper la yema, cosa que requiere insólitas precauciones, y echarlo en una de las sartenes, que estará con el fuego “a medio gas”. Tan pronto como pongamos el huevo allí, el fuego se incrementará al máximo, para que el “nonato” se fría rápidamente y su sufrimiento no se demore innecesariamente en el tiempo.

Al conjunto –huevo “a la Antiqva”, de aspecto extraño sin duda, patatas algo desangeladas y pimientos- se deben añadir, finalmente, unas lonchas de jamón ibérico “de bellota”, adquiridas –como siempre- en el Mercadona. El resultado final del intenso trabajo se puede apreciar en la fotografía que ilustra este texto.
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