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domingo, 25 de enero de 2009

LA GATA NATACHA

Amenazante mirada: "Pero Antiqva, porqué me despiertas..."


Como una esfinge, al acecho de los pájaros


Continuamente está marcando su territorio con las garras



Esto, amig@s, es lo que hace cuando Antiqva le dice: "Me dejas que te acaricie el lomo..."



Hablemos hoy, amig@s, de gatos… Hablemos de esos bellos animales que parece que fueron creados por Dios para que los humanos pudieran, de vez en cuando, darse el capricho de acariciar a una fiera…

Bueno, lo cierto es que todo sugiere que en ese proceso creador gatuno de Dios hubo de haber algún fallo, ya que Natacha, la “gata blanca” con la que Antiqva viene tratando desde hace ya mucho tiempo, jamás ha consentido que alguien pase la mano por su lomo. De hecho, cuando alguna vez Antiqva, de manera ocasional, en un acto de audacia, ha sido tremendamente ágil y ha conseguido acariciar suavemente, con la punta de los dedos, a la fiera, esta se ha revuelto de inmediato con cara de malas pulgas maullando maldiciones e improperios de todo tipo.

Pero, claro, ya se sabe: “Amor sufrido, amor querido…”, de modo que no por ello Antiqva ha dejado de sentir cariño por este animal tan inhóspito. Con el paso del tiempo uno se ha acostumbrado a que la relación con la fiera se limita a la obligación de brindarle algo de alimento (no demasiado, ya que es un animal “tragón” y luego se tiene que “purgar” masticando hierbas) y a observar con simpatía como se mueve a sus anchas por su entorno natural.

Frecuentemente suele ocurrir que cuando Antiqva está paseando por el campo, tomando fotografías, de repente se encuentra con nuestra amiga que esta tomando el sol o jugueteando en cualquier rincón, oportunidades que uno aprovecha para inmortalizar al animal, como ha sucedido con las imágenes que más arriba he reproducido.

Por cierto, dejemos constancia de que el animal debe su nombre a que hace muchos meses fue "amadrinado" por otra Natacha, esta vez humana, que seguro que muchos de vosotr@s conocéis. En aquellos tiempos Natacha ni siquiera tenía nombre. Antiqva, entonces, la llamaba simplemente “gata blanca”.
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