Este sábado, cuando recorríamos el yacimiento minero sevillano del “Cerro del Hierro”, tuvimos oportunidad de acceder a la denominada “Cueva del Ocre”. Allí, en una inmensa oquedad que penetra en el ocre de la tierra, pudimos sentir el pálpito del agua que se filtraba por las paredes chapoteando en unos charcos que nunca llegan a secarse. Alguien nos habló entonces de lo que el ocre significó en los tiempos remotos del Paleolítico, cuando los chamanes, quizás, pensaron que este mineral férrico venía a ser “la sangre petrificada de la tierra”. Gracias al ocre el rubor de la vida parecía retornar a los cuerpos de los fallecidos. No podemos sino recordar las palabras que Juan Luis Arsuaga (que dirige el equipo arqueológico de Atapuerca) pone en boca de un brujo del Paleolítico en su novela “Más allá de la niebla”:
“…la única manera que se conoce de formar parte del Pueblo Eterno después de la muerte es que el ocre sagrado le devuelva a la carne el color de la vida…”
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