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domingo, 13 de septiembre de 2009

FRANCISCO UMBRAL Y LOS SINDICALISTAS

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Antes de que publicara “Los helechos arborescentes” en 1980 Antiqva había tenido oportunidad de conocer personalmente a Francisco Umbral, ya que era un hombre vinculado con Valladolid y con cierta frecuencia participaba en actos estudiantiles de tipo literario. Recuerdo que en cierta ocasión, corría entonces el año 1973, corrió la voz de que Umbral pronunciaría una conferencia, creo que sobre la poesía de Luís de Góngora, en el salón de actos de la Facultad de Medicina. Aquello atrajo a un nutrido grupo de estudiantes que acudimos a la convocatoria. En el salón no cabía un alma y Francisco Umbral comenzó su disertación que trataba, como estaba previsto, de cosas de poesía…

En aquellos tiempos, lamentablemente, se estaba celebrando en el temido Tribunal de Orden Público franquista el que habría de ser llamado “Proceso 1001”, que pronto se saldaría con la condena a muchos años de cárcel para todos los dirigentes del clandestino sindicato Comisiones Obreras, vinculado al Partido Comunista. Al parecer, un año antes, el 24 de junio de 1972, toda la dirección de Comisiones Obreras, principal opositor a la dictadura en los ámbitos obreros, había sido detenida en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde se encontraba reunida.

Mientras Umbral hablaba de Góngora, todos los presentes fuimos tomando conciencia de que entre el público se estaba orquestando un claro ambiente de jaleo… Las voces iban creciendo y en cierto momento nadie se esforzó por disimularlas. Fue de súbito cuando alguien avanzó por el pasillo central de la sala y tronó:

-“Paco –vociferó un tipo barbudo-, los que luchan por el pueblo están en el “trullo” y tú nos hablas de poesía… Maldita sea ahora la poesía… Tenemos que aprovechar que nos han dejado reunirnos para hablar de lo que está pasando en Madrid… Este no es momento de poesía sino de acciones de protesta… Tenemos que ayudar a los presos…”

El acto se había interrumpido. Francisco Umbral, que por entonces escribía finísimos textos periodísticos con los que superando inteligentemente la férrea censura impuesta por el régimen hacía brotar ideas críticas contra la dictadura, no dijo nada. Los agitadores, que crecían en su alboroto, vociferaban llamando a la acción. El escritor, desbordado, intentó decir que: “él estaba allí para hablar de la vida y la obra de Góngora… Y muchos de los que allí estaban habían venido a escuchar hablar de eso… Él lamentaba lo que estaba sucediendo en Madrid con los dirigentes de Comisiones Obreras pero…”

Sus palabras se cortaron. Sucedía que el jaleo de los alborotadores no le permitía continuar. Fue entonces, en medio del tumulto, cuando la voz de otro tipo volvió a tronar. Dijo algo que hizo que la risa brotase de las gargantas de todos los presentes, para entonces ya claramente invadidos por los nervios:

-“Sabes lo que te digo, Paco, que si no podemos hablar aquí del “Proceso 1001”, propongo ahora mismo a todos que nos vayamos a la playa del río y hagamos un “party” sexual…”





En ese momento, cuando aquel tipo habló, todo explotó… Para entonces, los policías “de la Secreta”, presentes en el acto, habían informado a sus jefes de lo que estaba pasando… Afuera, en los pasillos de la facultad, un amplio contingente policial, los temibles “grises”, nos estaba aguardando. Portaban en sus enfundadas manos las porras de durísimo caucho. Uno de ellos, como siempre, sujetaba con su mano derecha un “clarín”. Lo tendría que utilizar si los estudiantes no se disolvían y era necesario cargar contra ellos. En aquellos tiempos, Antiqva habría de escuchar más de una vez ese toque siniestro de clarín.

Umbral, para entonces, permanecía mudo. Había perdido el protagonismo del acto. Alguien uniformado entró en el salón e hizo saber a los presentes que debían abandonarlo. Diez policías vigilaban en la puerta… Afuera estaban los demás. Cuando Antiqva, con los brazos en alto y el documento de identidad en la boca, abandonaba la facultad no podía sino pensar: “¡Diantres, esa propuesta de jolgorio en la playa no parecía tan mala idea…!”

En aquellos años, la agitación estudiantil en la universidad de Valladolid fue creciendo de manera alarmante para las autoridades del régimen franquista. De hecho, en 1975, por temor a esas actividades políticas que se desarrollaban en las aulas, los responsables de la dictadura habrían de decretar el cierre de todas las facultades vallisoletanas. Ese año no hubo, por tanto, curso lectivo. Fue un año que no existió en la Universidad de Valladolid. Cree Antiqva que nunca escuchó que sucediera algo similar en otras universidades españolas.

Poco después llegaría la democracia a España. Marcelino Camacho, líder de Comisiones Obreras, y las gentes que estaban en prisión por motivos políticos o sindicales fueron liberados de inmediato. Las “columnas” que diariamente publicaba Francisco Umbral, crítico siempre con la dictadura, primero en “El Norte de Castilla” y luego en el “El País”, ayudaron a que ese anhelo de libertad de las gentes pudiera, al fin, hacerse realidad.

Alguien diría que desde entonces han pasado cientos de años…

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