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jueves, 14 de enero de 2010

LOS SECRETOS DE LAS NINFAS

Imagen: Antiqva



En aquellos tiempos de leyenda en que los antiguos griegos todavía eran un pueblo primitivo vivía un hombre que ansiaba conocer como había comenzado la existencia de Dios, el mundo y los dioses. Sabedor de los sagrados conocimientos que poseían las ninfas que habitaban en las laderas del Monte Helicón, el hombre invocó su presencia. Les dijo:

“¡Oh hijas de Zeus!, yo os saludo. Dadme vuestro delicioso canto. Celebrad la sagrada familia de los sempiternos dioses, así los que son oriundos de la Tierra, del Cielo estrellado o de la Noche oscura, como los criados por el salobre Ponto.

Decidme cómo empezaron a existir las deidades y la tierra, los ríos, el ponto inmenso de hirvientes olas, los fúlgidos astros y por cima de todo el anchuroso cielo, qué dioses, dadores de los bienes, se originaron de los mismos y de cual modo se repartieron las riquezas, se distribuyeron los honores y fueron a establecerse en el Olimpo, en valles abundosos. Contadme estas cosas desde sus comienzos, oh Musas que poseéis olímpicos palacios, y decidme cuál de ellas existió primero…”

A pesar de lo inusual de la petición, las ninfas –siempre amables con los humanos- accedieron a brindar al hombre sus cantos deliciosos. Con ellos le transmitieron los saberes ocultos por los que él estaba interesado. Así fue como gracias a la benevolencia de las ninfas todos hemos podido conocer que el Caos, inmenso vacío que precedió a la formación del Universo, existió antes que ninguna otra cosa. Antes de la creación, todo era un inmenso desierto vacío, de modo que en aquellos tiempos las tinieblas reposaban sobre la superficie del abismo.

De ese primer principio, el Caos, -cantaron las ninfas- habría surgido Gea, la Tierra, que desde la Nada se habría dado la vida a si misma, siendo más adelante morada perenne y segura para todos los inmortales que habitan las cumbres del nevado Olimpo. Si hemos de hacer caso a las ninfas, todo parece sugerir que el mundo no habría sido la obra creadora de un Dios de poderes inmensos sino que, siempre según ellas, se habría formado por sí solo, espontáneamente.

De lo más profundo de la espaciosa Tierra habría surgido luego el tenebroso Tártaro, un lugar subterráneo que, como todos saben, está separado de la superficie terrestre por la misma distancia que existe entre el cielo y la tierra. En tiempos posteriores, el Tártaro habría de transformarse en un lugar de sufrimiento donde tendrían que padecer horribles suplicios las almas de los seres perversos.

Eros, el más bello de los inmortales dioses, que libra de cuidados a todas las deidades y a todos los hombres, habría llegado a la vida tras la Tierra y el Tártaro. Eros, gran dios del Amor –decían las ninfas- habría de ser una de las fuerzas primordiales de la naturaleza. Gracias a él los seres sienten el anhelo de unirse y crear vida, con lo que se asegura la reproducción de las especies.

Del Caos habrían luego surgido la negra Noche (Nicte) y su hermano Érebo, personificación de las Tinieblas del Infierno, ese mundo subterráneo en cuyas profundidades más recónditas se sitúa el Tártaro. De la incestuosa unión amorosa de ambos hermanos nacerían luego dos hijos, el Éter y el Día. En el Éter, en la zona más elevada del Cielo, donde llegan los rayos solares más puros, se encontraría la morada preferida de Dios.

Las ninfas, en su canto, hablaron también de cómo Gea, la Tierra, habría llegado a engendrar, por si misma, a Urano, el estrellado Cielo, de igual extensión que ella, con la finalidad de que la cubriese toda y fuera una morada perenne y segura para los bienaventurados dioses. Creó también Gea las elevadas Montañas, en cuyos bosques, bailando y cantando, encontrarían una vida apacible las divinales ninfas, que personifican la fecundidad. Habría dado también a luz, pero sin mediar el deseable amor, al Ponto, estéril piélago de hinchadas olas.

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