Ensoñación fotográfica: Antiqva
Aquella noche hubo “saca de presos”… Vicente, cuando le obligaron a subir al camión que habría de llevarle al paredón donde iba a ser fusilado, sintió que un miedo lacerante paralizaba su corazón… Dicen que chillaba proclamando a los aires su inocencia… Su aparato circulatorio no resistió el envite del terror y se rompió en la muerte como una bombilla que explota. La parada cardiaca impidió que llegara a sentir el impacto de las balas atravesando su cuerpo. Corría el mes de julio de 1937. Las tropas nacionales habían entrado en Málaga el 8 de febrero de ese año.
Todo había comenzado tres meses antes. Vicente, zapatero de oficio, había piropeado a una mujer que había entrado en el local de la calle Dos Aceras de Málaga:
“Qué rubia más guapa” –había exclamado nuestro hombre admirando la belleza de la desconocida.
Al poco, ese mismo día, las gentes del orden acudieron al lugar y se lo llevaron. El hecho causó extrañeza en el barrio, ya que nadie sabía que nuestro hombre perteneciera a algún partido político o sindicato. Parece que la ira de la rubia motivó el desastre… Era, quizás, la esposa de alguien importante y parece que se quejó de inmediato a ese alguien de la conducta del zapatero.
El 30 de julio de 1937, Josefa –esposa de Vicente- acompañada de su hija Francisca, acudieron a la prisión a llevarle algo de comida. La niña tenía entonces cinco años. Tardaron en explicarles los motivos por los que Vicente “no salía”. Al fin alguien les hizo saber que estaba muerto… Su cadáver había sido enterrado en el cementerio de San Rafael.
Ha pasado, desde entonces, mucho tiempo… En estos últimos años un equipo de arqueólogos ha venido trabajando para aflorar los restos de las más de 4.300 personas que fueron enterradas en fosas comunes del cementerio de la ciudad. Parece que ya tienen catalogados 2.840 muertos. De ellos, solamente de uno se conoce su identidad, se trata de Vicente, el zapatero.
-“Sabemos que nuestro padre está enterrado aquí” –habían hecho saber a los arqueólogos sus hijas Francisca y Pilar señalando un espacio concreto del rincón donde iban a excavar. Las palabras de las ancianas tuvieron pronta confirmación. En ese lugar, al poco, solitarios, aparecieron los restos de un hombre.
Las mujeres dijeron que cuando el camión, con su padre ya muerto, llegó a las tapias del cementerio, tras ser fusilados los demás detenidos, el cuerpo de Vicente fue mezclado con los otros cadáveres. Fue entonces cuando uno de los sepultureros, amigo de la familia, reconoció su cuerpo y lo colocó aparte de los demás:
-“Te lo he puesto aquí…” –le diría luego el hombre a una de las tías de Francisca y Pilar.
Así fue como durante décadas la familia del zapatero, todos los años, pudo llevar flores a aquel olvidado rincón del cementerio. Sabían que Vicente estaba allí enterrado. Francisca ha explicado alguna vez que cuando era niña su madre le daba las flores para que ella las colocara. Parece que la mujer no tenía valor para hacerlo por si misma. Poseída por el miedo se limitaba a contemplar, desde lejos, llorando, como su hija las depositaba en la tierra.
Pasados los años, otra mujer, también llamada Francisca, una de las nietas de Vicente, seguía llevando flores a la fosa de los fusilados. Había pasado mucho tiempo, pero el miedo seguía latiendo:
-“La gente se nos quedaba mirando y algunos, incluso, nos escupían”, habría de decir Francisca en tiempos recientes, para luego añadir: “Nunca nos criaron con rencor, al revés, nos contaban la historia de nuestro abuelo como un cuento…”
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Aquella noche hubo “saca de presos”… Vicente, cuando le obligaron a subir al camión que habría de llevarle al paredón donde iba a ser fusilado, sintió que un miedo lacerante paralizaba su corazón… Dicen que chillaba proclamando a los aires su inocencia… Su aparato circulatorio no resistió el envite del terror y se rompió en la muerte como una bombilla que explota. La parada cardiaca impidió que llegara a sentir el impacto de las balas atravesando su cuerpo. Corría el mes de julio de 1937. Las tropas nacionales habían entrado en Málaga el 8 de febrero de ese año.
Todo había comenzado tres meses antes. Vicente, zapatero de oficio, había piropeado a una mujer que había entrado en el local de la calle Dos Aceras de Málaga:
“Qué rubia más guapa” –había exclamado nuestro hombre admirando la belleza de la desconocida.
Al poco, ese mismo día, las gentes del orden acudieron al lugar y se lo llevaron. El hecho causó extrañeza en el barrio, ya que nadie sabía que nuestro hombre perteneciera a algún partido político o sindicato. Parece que la ira de la rubia motivó el desastre… Era, quizás, la esposa de alguien importante y parece que se quejó de inmediato a ese alguien de la conducta del zapatero.
El 30 de julio de 1937, Josefa –esposa de Vicente- acompañada de su hija Francisca, acudieron a la prisión a llevarle algo de comida. La niña tenía entonces cinco años. Tardaron en explicarles los motivos por los que Vicente “no salía”. Al fin alguien les hizo saber que estaba muerto… Su cadáver había sido enterrado en el cementerio de San Rafael.
Ha pasado, desde entonces, mucho tiempo… En estos últimos años un equipo de arqueólogos ha venido trabajando para aflorar los restos de las más de 4.300 personas que fueron enterradas en fosas comunes del cementerio de la ciudad. Parece que ya tienen catalogados 2.840 muertos. De ellos, solamente de uno se conoce su identidad, se trata de Vicente, el zapatero.
-“Sabemos que nuestro padre está enterrado aquí” –habían hecho saber a los arqueólogos sus hijas Francisca y Pilar señalando un espacio concreto del rincón donde iban a excavar. Las palabras de las ancianas tuvieron pronta confirmación. En ese lugar, al poco, solitarios, aparecieron los restos de un hombre.
Las mujeres dijeron que cuando el camión, con su padre ya muerto, llegó a las tapias del cementerio, tras ser fusilados los demás detenidos, el cuerpo de Vicente fue mezclado con los otros cadáveres. Fue entonces cuando uno de los sepultureros, amigo de la familia, reconoció su cuerpo y lo colocó aparte de los demás:
-“Te lo he puesto aquí…” –le diría luego el hombre a una de las tías de Francisca y Pilar.
Así fue como durante décadas la familia del zapatero, todos los años, pudo llevar flores a aquel olvidado rincón del cementerio. Sabían que Vicente estaba allí enterrado. Francisca ha explicado alguna vez que cuando era niña su madre le daba las flores para que ella las colocara. Parece que la mujer no tenía valor para hacerlo por si misma. Poseída por el miedo se limitaba a contemplar, desde lejos, llorando, como su hija las depositaba en la tierra.
Pasados los años, otra mujer, también llamada Francisca, una de las nietas de Vicente, seguía llevando flores a la fosa de los fusilados. Había pasado mucho tiempo, pero el miedo seguía latiendo:
-“La gente se nos quedaba mirando y algunos, incluso, nos escupían”, habría de decir Francisca en tiempos recientes, para luego añadir: “Nunca nos criaron con rencor, al revés, nos contaban la historia de nuestro abuelo como un cuento…”
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