Nadie se extrañó cuando el chamán, enloquecido por el odio, lanzó su maldición contra la niña Chole y su hija…
En aquel rincón de las Tierras Calientes del Orinoco las mujeres, antes de cohabitar con los hombres, debían ser iniciadas por el brujo. En aquella noche sin Luna, sin embargo, la enfebrecida Chole, sin haber sido antes instruida, había amado como hombre a Hijo de Jaguar. El misterio inmenso del tabú había sido quebrantado.
Nueve meses después Chole alumbró a una niña de piel oscura cuyos ojos de gato llamaron la atención de todos. A la mañana siguiente ella, llorando, acudió ante mí… Sabía el destino que esperaba a su hija y pedía mi ayuda.
-Padre Pierre –me dijo el cacique- ocúpese de sus cosas y déjenos a nosotros con las nuestras… Todos sabemos que la ley exige que esa niña sea degollada antes de que el sol salga por tercera vez…
Invocando otras leyes más elevadas de Jesucristo, a quien yo representaba en aquellas tierras, rogué al cacique que respetara la vida de la recién nacida. Aquella noche él hizo reunir al consejo de ancianos y los hombres sabios, a pesar del recelo que corroía sus sangres, decidieron permitir que la hija de Chole viviera… Se sintieron, sin duda, forzados por mi petición. El brujo, impregnado de odio, nunca pudo entender que los hombres hubieron decidido quebrantar sus leyes sagradas.
Escuchando los gritos frenéticos del chamán no pude dormir aquella noche… El hombre, enloquecido, lanzaba una y otra vez su maldición a los cuatro vientos de la selva…
Mascarada
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Desde entonces han pasado más de quince años. Hace ahora siete que dejé atrás Tierras Calientes y hoy, retirado de la misión, vivo en la quietud de la casa de sacerdotes ancianos de San Cristóbal. Fue anoche, mientras ojeaba el “Noticiario”, antes de la cena, cuando leí la noticia:
“Extraño suceso de sangre en la ciudad - Ayer, durante la celebración del carnaval, cuando se estaba realizando el tradicional concurso de máscaras en el palacio de los Quintos, una mujer joven, disfrazada de jaguar, atacó a las personas que cantaban y bailaban en el patio. En un acto inusual de fiereza, la mujer –a dentelladas- acabó con la vida de dos personas y dejó gravemente heridas a otras tres.
Los agentes policiales que acudieron al lugar, que fueron agredidos igualmente por la mujer fiera, hubieron de reducirla a balazos. Al poco, ya en la morgue, los intentos de quitarle la piel de jaguar que la recubría resultaron infructuosos. Dicen que alguien la habría pegado a su cuerpo con algún desconocido mejunje de indios, de modo que no hubo modo de despegarla. Parece que la madre de la mujer, alguien que se hace llamar niña Chole, habría reclamado entre lágrimas el cuerpo de su hija. Reina la extrañeza en la ciudad ante lo inusual del suceso.”
Mientras leía la noticia, mi cuerpo temblaba… Paulatinamente había ido tomando conciencia de que la maldición del viejo chamán, tantos años después, se había materializado.