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martes, 22 de marzo de 2011
DEL SOL Y SUS RAYOS
Aquella mañana el cielo estaba nublado y el Sol hacía lo que buenamente podía para alcanzar la tierra con sus rayos. Contemplando las nubes, mientras paseaba, reparé en algo que me llamó la atención. Tenía la máquina digital a mano, de modo que disparé algunas fotografías.
Si os fijáis en esta imagen, técnicamente mediocre ya que enfoca directamente al Sol, podréis apreciar que en su zona central los rayos que descienden están delimitando la silueta de una etérea pirámide.
Aquí está la idea que fundamentó que los monumentos funerarios más conocidos de los egipcios adoptaran, hace ya casi 5.000 años, la forma piramidal. Para las gentes del valle del Nilo el Dios primigenio era Atum, que identificaban con el Sol (Ra) cuando este se manifestaba a los humanos. Vinculadas a ese culto al Sol los egipcios alzaron pirámides que habrían de permitir que los faraones, una vez que fallecieran, ascendieran al Reino Celeste. Las pirámides eran “maquinas” que permitían la ascensión del espíritu del rey en un viaje solar que habría de culminar cuando se integraran con Aquel que los había creado.
En un antiquísimo texto egipcio, que hoy conocemos como “La historia de Sinuhé”, se nos habla de ese proceso que ha de acontecer tras la muerte:
“En el año treinta de su reinado, en el mes tercero de la inundación, en el día séptimo, el rey del Alto y del Bajo Egipto Sehetepibra, el dios, subió a su horizonte. El dios voló hacia el cielo para unirse con Atum; el cuerpo divino se unió con el creador. La Residencia (palacio real) estaba en silencio y los corazones estaban de luto…”
Los egipcios, hace ya mucho tiempo, repararon en ese aspecto piramidal de los rayos del Sol desparramándose sobre la tierra y decidieron emprender la construcción de pirámides cuya cúspide estaba coronada por una piedra revestida con planchas de oro o bronce (el piramidión) que despedía un brillo intenso, símbolo del propio fulgor del Sol.
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