Ya había anochecido cuando el chamán regresó de la cima de la montaña. Había hablado con los ancestros y traía alojado en su espíritu la fuerza de aquellos. Era un hombre viejo, de más de treinta años, cuyo brazo izquierdo, herido por un jabalí cuando era un niño, estaba desde entonces seco e inútil. Todos le llamaban El Hombre del Brazo Muerto y a pesar de ser un lisiado que no colaboraba con los demás hombres en las labores de la caza, era respetado por el clan ya que todos sabían que era un hombre en cuyo corazón, con el paso de los años, se había ido acumulando toda la sabiduría del grupo. Era él quien se ocupaba de que el orden de las cosas fuera siempre respetado por los Hombres Rojos. Cuchillo Afilado, el jefe del clan, sabía que el lisiado conocía los ritos que permiten que los humanos puedan entrar en contacto con los espíritus y se ocupaba de que lo que él dijera fuera acatado por todos. Los cazadores sabían que Cuchillo Afilado tenía el poder por su gran bravura y que el chamán lo tenía gracias a su conocimiento de las cosas que unen a los vivos y a los muertos. Solo él era capaz de viajar a esos mundos en los que habitan los ancestros y los espíritus. Solo el lisiado era dueño de la magia de las palabras que se debían pronunciar ante los seres de la niebla. Solo él sabía intermediar entre los Hombres Rojos y los seres del inframundo, encontrando soluciones, gracias a la ayuda de estos, a los problemas que pudieran acuciar a los humanos.
Cuando el chamán entró en la cueva, todos, agrupados en torno a la fogata que les daba calor en la noche, callaron. Al fondo, en la oscuridad, sobre el empedrado, yacía el cuerpo de Lobo Negro. Los integrantes del clan de los Hombres Rojos esperaban que El Hombre del Brazo Muerto hablara.
-Los leones y los osos –dijo- no entierran a sus muertos. Dejan que los chacales devoren sus cuerpos. Los humanos tampoco lo hacen. Muchos, incluso, comen la carne de quienes antes de morir habían sido sus compañeros de caza. Para muchos humanos, en nada se distingue la carne de un hombre de la de un ciervo o un mamut. Estos hombres no tienen conocimiento y los ritos que nosotros practicamos con los muertos son para ellos cosas extrañas.
-Pero nosotros, los humanos del clan de los Hombres Rojos, sabemos que cuando uno de nuestros compañeros muere debe ser enterrado y debemos realizar rituales que permitan que alcance los campos que están más allá de la niebla, los mundos en los que viven los espíritus que se esconden en el fuego, el viento, las nubes o los relámpagos. Nosotros, los Hombres Rojos, sabemos que los muertos siguen viviendo en otros mundos y lo sabemos porque por las noches, cuando soñamos, vienen a visitarnos. Todos sabemos que los otros hombres, los que no tienen conocimiento, ni siquiera son capaces de soñar.
-Los muertos –prosiguió el chamán- hablan con nosotros cuando dormimos. Todos lo sabéis. Pero luego, cuando el Sol surge en el horizonte ellos vuelven a la vida en el reino de los espíritus. Todos nosotros, cuando nos llegue la muerte, iremos a ese mundo que ahora desconocemos pero en el que sabemos que siguen viviendo nuestros ancestros, los hombres que fundaron los clanes en unos tiempos ya olvidados. Son ellos, intermediarios entre los humanos y los espíritus, los que cuidan de nosotros y nos brindan el aliento de la vida. Sin la ayuda que nos prestan los ancestros, la vida de los Hombres Rojos sería pronto aniquilada por los múltiples peligros que de continuo nos acechan.
Esta noche –terminó el brujo- debemos realizar lo ritos que deben permitir que Lobo Negro, ahora muerto, despierte mañana transformado en uno de nuestros ancestros, alcanzando así una nueva vida.
Imagen: Antiqva Photo