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martes, 3 de abril de 2012

Hombres de bronce en Egipto

Imagen: Internet



Fue en este contexto de inquietud cuando los dodecarcas, en el transcurso de una de sus asambleas de amistad, celebrada en Sais, decidieron hacer libaciones en el templo de Ptah. Para ello, el Profeta del templo tenía preparadas doce copas de oro, una para cada uno de ellos. Inexplicablemente, cuando el sacerdote comenzó a repartir las copas entre los príncipes todos repararon en que solo había once copas, faltaba una, de modo que Psamético, que aguardaba su turno al final, sin pararse siquiera a reflexionar en lo que hacía, como movido por algún impulso divino, no dudó en usar su magnífico casco de bronce e hizo sus libaciones con esa copa improvisada. En ese momento, todos fueron conscientes de que de acuerdo con lo que el oráculo de Amón había establecido, Psamético debía ser el rey de la Tierra Negra.

Los otros once príncipes, no obstante, interpretaron el acto de Psamético como una acción impía y tras enfrentarse a él decidieron desterrarlo a los marjales del Delta, de modo que Psamético, al igual que Horus cuando era perseguido por Seth, se vio obligado a vivir oculto en las tierras bajas de nuestro país. Fue entonces cuando mi Señor, angustiado por los acontecimientos, decidió consultar el oráculo de Buto, que le hizo saber lo siguiente:

-La venganza –habría dicho el oráculo- habrá de venir del mar, del Dios del Mar, cuando este haga que en la costa aparezcan hombres de bronce.

Algunos meses después, el oráculo se cumplió. Un ejército de piratas helenos, revestidos con pesadas corazas de bronce, llegó a las costas del Delta. Algunos dijeron que eran ladrones; otros que eran mercenarios griegos que habían sido enviados por Giges, rey de Lidia, que habría recibido en sueños esa orden del propio Dios del Mar.

Con la ayuda de los guerreros de bronce, Psamético derrotó a los otros once príncipes, de modo que fue así como la Tierra Negra, de nuevo, pasó a ser gobernada por un solo rey, mi Señor, gracias a que yo, Meriamon, capitán de marinos, habia sido capaz de complacer los deseos de su corazón, tras viajar a Tartessos, el lejano Reino del Ocaso.

Todos los hombres de la Tierra Negra sabemos que Psamético, tras conseguir que los otros príncipes lo aclamaran como rey y contando con el apoyo de los helenos, que para entonces se habían establecido en Naucratis, no dudó en perseguir a los asiáticos hasta las tierras de la lejana Palestina, de modo que estos nunca más habrían de volver a pisar nuestro país. Psamético, mi Señor, se ocupó de que el silencio cubriera esos pasados años de vergüenza en que los hombres de Asiria habían dominado nuestra tierra. Las inscripciones que ellos habían grabado en los templos, fueron borradas, de modo que nadie ha conservado el recuerdo de su memoria. Desde entonces, aclamado como nuevo faraón de la Tierra Negra, todas las cosas se volvieron a hacer tal y como se había hecho en los tiempos precedentes, en los tiempos antiguos. Gracias a Psamético, mi Señor, el Orden y el Equilibrio de Maat volvieron a reinar en el valle del Nilo(6).


NOTAS

-6) En este relato, que ahora termina, hemos intentado respetar lo que las fuentes antiguas nos dicen acerca del contexto histórico en el que se enmarcan los orígenes del reinado de Psamético I (664-610 a.C.), faraón con el que arranca la dinastía XXVI.