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miércoles, 3 de octubre de 2012

El monstruo que hablaba de las plantas

Apertura f/5,6
Tiempo de exposición 1/80 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 105 mm
Compensación de la exposición -1,70
.
 
Anne Crowe es una escritura escocesa empeñada en escribir sobre la belleza del mundo, incluidos todos sus desastres. Sus poemas representan un canto a la bondad, aún a pesar de las crueldades y atrocidades que desde siempre acompañan a los hombres. De ella dijo Juan Margarit: “Para esta poeta el pasado está dentro de las palabras, las palabras son nuestro lazo con todo aquello que la memoria ha perdido…” Ella, con sus palabras, se empeña en recuperar una visión, retocada con cierta dosis de dulzura, de esa memoria.

Hace tiempo tuve ocasión de recorrer algunos rincones de Escocia. Alguien, entonces, me habló de esta mujer. Estas semanas pasadas he estado leyendo uno de sus libros de poemas. Reproduzco ahora uno de ellos, en el que Anne nos habla de como con motivo de un viaje en tren, un gigante espantoso vestido de cuero negro vino a sentarse a su lado. La mujer sintió miedo. Sintió ese miedo que nos acompaña siempre que estamos ante algo que no conocemos. Pronto, sin embargo, el miedo quedó atrás cuando el gigante de los clavos y el pelo cortado a lo mohicano se transformó en un hombre verde que la hizo viajar al mundo maravilloso de las plantas. A un mundo en el que el colobo, la catleya, y la manorina campanera se asomaban a hurtadillas desde las periferias del habla.


“Estaba de pie al final del vagón.
Un gigante espantoso vestido de cuero negro,
con franjas y clavos y el pelo cortado a lo mohicano.
Ha venido a sentarse en el asiento de al lado.

Y de pronto: “Las plantas son extraordinarias, ¿no es verdad?”
La voz, con un fuerte acento del Ulster. Y levanta la mirada del libro,
los ojos brillantes bajo la cresta leonada.
-“Si no fuera por las plantas,
si no fuera por los haces vasculares,
nosotros no podríamos mantenernos en pie.”
Habla con un crujir de cuero,
con un sonido como el de las ramas de un pinar
al rozarse entre sí. Y una multitud de clavos,
desde las orejas hasta los desnudos brazos con pulseras,
y sus elocuentes mitones con puños de hierro,
relucen y destellan como la lluvia sobre los cardos.

Es un hombre verde que habla con hojas.
El frondoso follaje llena el vagón
de rumores susurrados: de palabras que componen
una música linneana, dejando espacio
para que el colobo, la catleya, y la manorina campanera
se asomen a hurtadillas desde las periferias del habla.

Durante una hora dominó la conversación con un lenguaje
tan por encima de mí como una secuoya.
Esquivo como el jaguar, y con todo perdido.
Todo menos aquellos hogareños y resonantes
“haces vasculares”. Ah, y el salterio.
Tocaba el salterio en un conjunto de folk-rock,
e iba a tocar a Newcastle, donde bajó del tren.

Pienso en como le había temido,
de cómo tememos lo que no conocemos.
Y cuando escucho por la radio los silbidos
y los tambores de los orangistas que marchan,
intento imaginar la melodía adaptada para salterio,
oyendo las cuerdas mansamente pulsadas,
viendo una figura vestida de negro,
alta como un cedro del Líbano y bailando,
como David con su salterio
ante el Señor.”

Anne Crowe, Punk con salterio