Páginas

sábado, 17 de noviembre de 2012

Una ciudad y un balcón

Apertura f/10
Tiempo de exposición 1/30 s
Velocidad ISO – 1.000
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR


  
  No me podrán quitar el dolorido sentir…"

Garcilaso



“En el primer balcón de la izquierda, allá en la casa de piedra que está en la plaza, hay un hombre sentado. Parece abstraído en una profunda meditación. Tiene un fino bigote de puntas levantadas. Está el caballero, sentado, con el codo puesto en uno de los brazos del sillón y la cara apoyada en la mano. Una honda tristeza empaña sus ojos…

¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre habrá un hombre con la cabeza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le podrán quitar el dolorido sentir.

Azorín, Castilla



- Esta fotografía la hice en una placita de Burgos, cuando ya estaba anocheciendo, hace unos meses con motivo de un viaje por Castilla. No reparé entonces en que en uno de los ventanales estaba una mujer. Si os fijáis, podréis ver que ella está en la casa colorada, en el balcón cubierto de cristalera de la planta de arriba. En ese momento estaba yo distraído con tres cuestiones. De un lado, recordaba una conversación reciente con una amiga de América que me había contado que una de sus bisabuelas había vivido, antes de emigrar, en Burgos. De otro lado, tenía especial interés en captar al grupo que está conversando, iluminado por una farola, en el rincón izquierdo de la imagen. Finalmente, mi mente estaba también evocando el viejo texto de Azorín, que he reproducido más arriba. Recuerdo ahora, cuando escribo estas palabras de presentación de la fotografía, que hace ya mucho tiempo alguien me aconsejó: “Lee a Azorín… No lo dudes, lee a Azorín…”, buen consejo, pienso.

Ha de decir, finalmente, que esta placita burgalesa está situada en uno de los costados de la catedral. De hecho, en la zona de derecha de la imagen, que expresamente no he querido recortar, se puede apreciar como surge el edificio adornado con pináculos de este impresionante templo burgalés. Ese anochecer, por si todo lo dicho fuera poco, el cielo que se alzaba por encima de la placita se mostraba espectacularmente bello. El sol de la noche, al reflejarse en las nubes bajas, las había teñido de unas tonalidades rojizas espectaculares.