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domingo, 3 de febrero de 2013

Alicia y el Minotauro



Alicia sentía una mezcla extraña de fascinación y de miedo. Acababa de escuchar los extraños rugidos que surgían de las entrañas de aquel espacio de terror y sabía que en cualquier momento el Minotauro se manifestaría. La culpa de todo la tenía aquel libro en el que se hablaba de mitos antiguos en los que unos héroes olvidados luchaban con hombres-toros. Ahora, en aquel agobiante pasadizo, Alicia podía oler el hedor que el monstruo había impregnado en las paredes y cuando escuchó su rugido supo que se acababa el tiempo. Tenía que actuar con rapidez. Antes, no obstante, decidió enfocar con su linterna alumbrando lo desconocido. Pudo ver así como el débil rayo de luz, antes de perderse en la obscuridad, iluminaba los ojos ensangrentados de furia del Minotauro. El animal se le estaba acercando, avanzando a un trote lento, calculando el golpe que habría de asestarle con su cornamenta. Alicia palideció. Sintió que le flaqueaban las piernas. Era consciente de que con su espada de madera no iba a poder enfrentarse al monstruo. Cada instante sentía más miedo. En el último momento, cuando el fin era inminente, Alicia pulsó el interruptor y su pequeña linterna se apagó. Mientras el último rayo de luz se desvanecía se tiró al suelo y se tapó la cabeza con las manos. Unos instantes después, pudo sentir que el Minotauro, mugiendo enloquecido, pasaba trotando a su lado, desorientado ante la pérdida de luz y golpeando en su confusión con sus cuernos el aire y las paredes de aquel espacio de tinieblas.



Antes de que el monstruo volviera sobre sus pasos, Alicia supo lo que tenía que hacer. Abrió la puerta del armario y dando un salto abandonó el reino del terror. Después, jadeando, apoyó su cuerpo contra la puerta para que el monstruo no pudiera salir y dio dos vueltas de llave a la cerradura. Ya solo le faltaba para estar a salvo dar un par de zancadas y alcanzar su cama. Se introdujo en ella sin ninguna vacilación y tapó todo su cuerpo, cabeza incluida, con esa manta tan querida que le protegía, en la noche, de los monstruos.