Páginas

martes, 10 de diciembre de 2013

Los ojos de Jato




Fue en aquel tiempo cuando conocí a una fiera que alguien me dijo que se llamaba gato. Tenía los ojos verdes, grandes y muy claros, pero de un verde no plenamente definido, como si a veces, según jugase la luz, quizás sometidos a su voluntad, pudieran mostrarse azulados o marrones. Decidí que se llamaría Jato. Era tal la belleza con que sus ojos, siempre asombrados, contemplaban el mundo que llegué a sospechar que las cosas, cuando él las miraba, se volvían transparentes.