A finales de los años ochenta Antonio Muñoz Molina recibió el encargo de escribir un libro que acercara al hombre moderno lo que había sido la cultura y la sensibilidad de la Córdoba de los omeyas, por lo que para documentarse se desplazó a la ciudad. Fue entonces, cuando recorría el espacio sagrado de la sala de oración de la Mezquita Aljama, cuando fue consciente de que una y otra vez se estaban desplegando ante él las perspectivas móviles de unas columnas que simulaban un bosque sagrado, y de unas bellísimas floraciones blancas y rojas que se manifestaban en sus arquerías. Dejó escrito entonces que tenía el convencimiento de que Baudelaire estaba aludiendo a la Mezquita de Córdoba cuando escribió que la naturaleza es un templo de vivientes pilares.
La fotografía que he titulado “Un rayo de luz”, de la que brindo ahora una edición renovada en blanco y negro, fue consecuencia de un pequeño “milagro”, ya que es una imagen casual, en absoluto preparada. Era una mañana de invierno, a primera hora, y yo estaba recorriendo la soledad de la inmensa galería de columnas cuando en cierto momento reparé en que un rayo de luz atravesaba la techumbre del templo y venía a caer sobre el enlosado del suelo. Hice algunas mediciones y cuando estaba enfocando escuché un alboroto a mi alrededor. Era un grupo de niños, que al poco se había colocado providencialmente en el espacio que yo deseaba fotografiar. Iban dirigidos por dos jóvenes profesoras y una de ellas, durante unos segundos, los estuvo contando. Cuando se cercioró de que no faltaba ninguno, siguieron todos caminando en dirección al mihrab, el espacio más sagrado del templo. Esos segundos son los que yo aproveché para hacer la imagen. De hecho, al momento tomé una segunda fotografía, pero el grupo ya se estaba dispersando. Hice la fotografía a pulso, ya que en el interior de la Mezquita no está permitido el uso de flash.
