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jueves, 16 de enero de 2014

El hombre y la sombra






Esa noche, al apagar la luz, Santiago Pardo se disolvió en la sombra como si alguien hubiera dejado de pensar en él. Por eso cuando sonó el teléfono su cuerpo y su conciencia cobraron forma otra vez, y buscó la luz y descolgó el auricular para descubrir en seguida que se trataba de un error. “¿Mario?”, dijo una voz que aún no era Nélida, y Santiago Pardo, sintiendo de un golpe toda la humillación de haber sido engañado, contestó agriamente y se dispuso a colgar, pero la mujer que hablaba no pareció escucharle. “Soy yo, Nélida”, dijo, y hubo un breve silencio y acaso otra voz que Santiago Pardo no escuchaba. “Te he estado esperando hasta media noche. Imagino que se te olvidó que estábamos citados a las nueve.” No pedía, y tampoco acusaba, sólo enunciaba las cosas con una especie de irónica serenidad. El otro, Mario, debió urdir una disculpa inútil, una prolija coartada que no alcanzaba siquiera la calidad de una mentira, porque Nélida decía sí una y otra vez como si únicamente el desdén pudiera defenderla, y luego, abruptamente, colgó el teléfono y dejó a Santiago Pardo mirando el suyo con el estupor de quien descubre su mágico don de transmitir voces de fantasmas.


Antonio Muñoz Molina, El hombre sombra




- La fotografía la hice en Burgos, cuando estaba anocheciendo.