Anoche, cuando veía la televisión sentado en el sofá me quedé dormido y alguien inesperadamente se introdujo en mis sueños, plantándose delante de mi. Era un hombre de edad mediana al que vi pasar delante del televisor con la cabeza agachada. Su expresión era de desconcierto.
Después, cuando hablamos, me dijo que se llamaba Luis y que no sabía lo que hacía en mi sueño. Estuvimos charlando un rato y me confesó que estaba intranquilo ya que en las últimas semanas, por las noches, cuando dormía, siempre soñaba con el niño que había sido, y ese niño que venía de otros tiempos le contaba cosas que él tenía olvidadas.
Cómo puede suceder, pensé en mi sueño, que esté hablando con alguien que según me dice sueña con el niño que fue y ese niño, en su sueño, le cuenta cosas que ya nadie recuerda. Quizás, me dije, existan recodos en nuestra mente en los que todo lo que nos ha sucedido ha quedado almacenado, listo para ser vivido de nuevo si nos servimos de algún artificio como el que usa este hombre cuando se sueña como el niño que fue.
Gracias a las palabras del niño, Luis me ha contado que ha llegado a conocer, a su pesar, algo que le atormentaba: saber cómo murió su madre. Me ha dicho que ha visto como fue aquella muerte que nunca se había aclarado. Ahora, todo ha llegado a su mente. Solo él, que entonces tenía cinco años, sabía lo que había sucedido y solo él es ahora consciente de lo que pasó y olvidó. Sabe por desgracia que ya es tarde para todo y le pesa tener la certeza de que él fue el culpable, con su travesura, de lo que todos pensaron que había sido un accidente desgraciado.
Lo malo de todos estos desasosiegos es que desde que conocí a Luis han pasado siete días y todas las noches se sigue introduciendo en mis sueños y con sus palabras imposibles no me deja descansar.
