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jueves, 20 de febrero de 2014

Mediterraneo







Anoche, arrastrado por el mar, llegó al pueblo un loco. Decía que era nuestro rey pero se cubría con unas calzas pardas y con una capa teñida de mugre. Dando gritos, se empeñó en hablar con la reina y los soldados tras expulsarlo del palacio, al ver que no se iba, tuvieron que azuzarle los perros. Huyendo de las fieras, el loco encontró refugio en la taberna de Aristo, donde se sintió confuso al ver que nadie reconocía su majestad. Alguien le ofreció un vaso de vino caliente y él, con ademanes exaltados, habló de sus viajes por mares por los que nunca antes habían navegado los hombres, de sus hazañas en guerras de fantasía que ya nadie recordaba, de sus amores con sirenas que devoraban a los marinos y de cómo había matado a un ser monstruoso que tenía un solo ojo en la frente y que criaba cabras en los riscos de un islote que ni siquiera tenía nombre. Escuchando sus palabras de majadero todos reían. Solo el ciego Homero, con el semblante adormecido por el vino, dijo que quizás alguna de esas hazañas mereciera ser fabulada algún día por los poetas.


A la mañana siguiente, el loco insistió en hablar con la reina y los soldados, cansados de tanto alboroto, lo apalearon. Algo después se le vio abandonar el pueblo tambaleándose, camino nuevamente del mar. Una bandada de chiquillos lo acompañaba. Mientras caminaban a su lado, se reían de él y le tiraban piedras. Dicen que a Safo, una niña que no le insultaba y que lo miraba con aire de tristeza, le dijo, entre los ladridos de los perros y las risotadas de los niños, que se llamaba “Nadie”.