Ha pasado un rato y la niña, que está cansada por el esfuerzo, se ha distraído unos momentos al escuchar el griterío que se ha formado en el poblado cuando los cazadores han regresado del Gran Arroyo de Aguas Saltarinas. Al volver la cabeza para mirar a los que llegan, sus dientes han soltado el extremo de la piel y en un movimiento involuntario su mano derecha también me ha soltado a mí, con tal mala fortuna que he ido a estrellarme contra su boca.
Con un gesto de dolor y furia, Pies Ligeros, gritando, se ha levantado y, sin pensarlo, me ha lanzado tan lejos como le ha sido posible. La anciana, indignada, se ha alzado también y está emitiendo feroces gruñidos con los que está expresando a la niña su repulsa por la torpeza de su actuación.
Al momento, Pies Ligeros y la anciana han intentado buscarme, pero no es cosa fácil encontrar una lasca de sílex entre tantos cantos rodados como hay en este pedregal. No han tenido suerte. No han sido capaces de verme. Los cazadores, además, han llegado con hambre y ya no hay tiempo para que ellas lo pierdan buscándome.
En este momento, Pies Ligeros no sabe que dentro de cuarenta mil años un hombre, paseando por esta terraza próxima al Gran Arroyo, habrá de encontrarme fortuitamente, sí, a mí, a esa lasca de sílex que ella, gruñendo, ha arrojado tan lejos como su furia le ha permitido. Entonces, cuando eso suceda, el hombre, al tomarme en sus manos, todavía podrá sentir, a pesar del tiempo que habrá pasado, el calor tenue que los dedos de esta niña neandertal han dejado impregnado en mí.
