Los chinos ven la hora en los ojos de los gatos. Cierto día, un misionero que paseaba por un arrabal de Nankín se dio cuenta de que había olvidado el reloj, y le preguntó a un chiquillo que hora era. El niño vaciló unos instantes; luego, volviendo sobre sí, contestó: “Ahora se lo digo.”, y se alejó, para regresar al poco. Traía en sus manos un gatazo, y mirando a lo blanco de sus ojos afirmó sin titubear: “Todavía no son las doce.“ Y así era en verdad.
Charles Baudelaire – Spleen de París