Le gustaba mirarlo todo desde lejos, las cosas inmóviles, el tránsito de la luz en los vidrios de la cúpula, y sin que nadie notara su presencia –era tan sigilosa y delgada que sólo un oído muy atento, y ya avisado, podía descubrirla- reclinaba en el cristal la nariz y la frente y dibujaba líneas o palabras en el vaho de su aliento, regresada a un tiempo lentísimo que era el de su infancia, perdida en él, inmune a las voces que la llamaban.
Antonio Muñoz Molina – Beatus Ille