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Las terrazas cuaternarias que envuelven al Guadalquivir, entre Córdoba y Sevilla fueron pobladas en los tiempos del Paleolítico Medio por los hombres de Neandertal, que allí encontraban los recursos líticos que necesitaban para confeccionar las herramientas de piedra que utilizaban para cazar (puntas), despiezar las carnes (cuchillos y hachas) y trabajar las pieles (raederas y perforadores). Gracias a los arrastres del Guadalquivir, en estas terrazas abundan las piedras, sobre todo las cuarcitas y el sílex, que aquellos hombres utilizaban como materia prima.
Durante decenas de miles de años los grupos de Neandertales recorrieron incansables estos espacios elevados sobre el río. Allí vivieron y allí murieron a lo largo de muchas generaciones. Los Neandertales, que alcanzaron un modo de vida que se conoce como “Cultura Musteriense” vendrían a ser unos primos lejanos nuestros. Se extinguieron, todavía no sabemos como, coincidiendo con el momento en que los hombres modernos aparecimos en la Historia.
Ese trasiego de humanos a lo largo de tantos miles de años hace que Antiqva, algunas veces, paseando por esos lugares haya llegado a encontrar alguna “piedra” que presenta señales claras de haber sido trabajada. Entonces uno es consciente de que tiene en sus manos, por ejemplo, una raedera musteriense con signos de deterioro por su uso reiterado. Piensan los investigadores que los Neandertales cogían uno de los extremos de la piel que iban a trabajar con su mano izquierda y el extremo opuesto lo sujetaban con los dientes. Entonces tensaban la piel alejando la mano izquierda y con la mano derecha restregaban la raedera contra la piel tensada, limpiándola así de grasas y vellosidades. Ese trabajo requería utilizar una piedra que tuviera un filo característico en uno de sus costados (lo que se conoce como “frente” de la raedera), ya que se pretendía que el filo no resultase “cortante” sino que tuviera una determinada anchura que resultara apropiada para raspar la piel sin romperla o cortarla. En suma, no se trataba de utilizar un cuchillo sino una herramienta que sirviera para raspar.
Hace algunos años Antiqva encontró una de esas raederas y absorto en estado de ensoñación escribió un cuento que tituló “Aquel calor tenue”. Estos días pasados, cuando caminábamos por una de esas terrazas nos topamos con otra pieza, también de sílex, con múltiples señales de golpes y recubierta por una pátina de color acaramelado que nos hablaba de su antigüedad. La pieza (una simple piedra, claro) resulta para Antiqva bellísima. Por las huellas de golpes fosilizadas en su corteza podemos pensar que de ella se extrajeron hace miles de años lascas destinadas a fabricar puntas. Igualmente todo sugiere que la pieza se utilizó también como pequeña “sierra de mano” (por su aspecto denticulado en uno de sus lados) y como perforador (por las señales de ese uso que presenta en su pico). En fin, se trata de una pieza de sílex que podemos pensar que en algún momento impreciso cierta mujer Neandertal, hace más o menos 40.000 años, habría utilizado como “herramienta multiusos”: extracción de lascas destinadas a fabricar puntas para cazar, raspado de las pieles de los animales cazados (raedera), aserrar las ramas de los árboles (denticulado) y practicar incisiones en las pieles (perforador).

Las terrazas cuaternarias que envuelven al Guadalquivir, entre Córdoba y Sevilla fueron pobladas en los tiempos del Paleolítico Medio por los hombres de Neandertal, que allí encontraban los recursos líticos que necesitaban para confeccionar las herramientas de piedra que utilizaban para cazar (puntas), despiezar las carnes (cuchillos y hachas) y trabajar las pieles (raederas y perforadores). Gracias a los arrastres del Guadalquivir, en estas terrazas abundan las piedras, sobre todo las cuarcitas y el sílex, que aquellos hombres utilizaban como materia prima.
Durante decenas de miles de años los grupos de Neandertales recorrieron incansables estos espacios elevados sobre el río. Allí vivieron y allí murieron a lo largo de muchas generaciones. Los Neandertales, que alcanzaron un modo de vida que se conoce como “Cultura Musteriense” vendrían a ser unos primos lejanos nuestros. Se extinguieron, todavía no sabemos como, coincidiendo con el momento en que los hombres modernos aparecimos en la Historia.
Ese trasiego de humanos a lo largo de tantos miles de años hace que Antiqva, algunas veces, paseando por esos lugares haya llegado a encontrar alguna “piedra” que presenta señales claras de haber sido trabajada. Entonces uno es consciente de que tiene en sus manos, por ejemplo, una raedera musteriense con signos de deterioro por su uso reiterado. Piensan los investigadores que los Neandertales cogían uno de los extremos de la piel que iban a trabajar con su mano izquierda y el extremo opuesto lo sujetaban con los dientes. Entonces tensaban la piel alejando la mano izquierda y con la mano derecha restregaban la raedera contra la piel tensada, limpiándola así de grasas y vellosidades. Ese trabajo requería utilizar una piedra que tuviera un filo característico en uno de sus costados (lo que se conoce como “frente” de la raedera), ya que se pretendía que el filo no resultase “cortante” sino que tuviera una determinada anchura que resultara apropiada para raspar la piel sin romperla o cortarla. En suma, no se trataba de utilizar un cuchillo sino una herramienta que sirviera para raspar.
Hace algunos años Antiqva encontró una de esas raederas y absorto en estado de ensoñación escribió un cuento que tituló “Aquel calor tenue”. Estos días pasados, cuando caminábamos por una de esas terrazas nos topamos con otra pieza, también de sílex, con múltiples señales de golpes y recubierta por una pátina de color acaramelado que nos hablaba de su antigüedad. La pieza (una simple piedra, claro) resulta para Antiqva bellísima. Por las huellas de golpes fosilizadas en su corteza podemos pensar que de ella se extrajeron hace miles de años lascas destinadas a fabricar puntas. Igualmente todo sugiere que la pieza se utilizó también como pequeña “sierra de mano” (por su aspecto denticulado en uno de sus lados) y como perforador (por las señales de ese uso que presenta en su pico). En fin, se trata de una pieza de sílex que podemos pensar que en algún momento impreciso cierta mujer Neandertal, hace más o menos 40.000 años, habría utilizado como “herramienta multiusos”: extracción de lascas destinadas a fabricar puntas para cazar, raspado de las pieles de los animales cazados (raedera), aserrar las ramas de los árboles (denticulado) y practicar incisiones en las pieles (perforador).
Podemos soñar que esa mujer es una anciana de 35 años. Veremos que tiene sus dientes deteriorados ya que los ha usado durante muchos años para tensar con ellos las pieles. Ahora ha terminado de aserrar una rama que va a utilizar como astil al que está insertando una punta de sílex. Se la entrega luego a uno de los cazadores del clan, que la utilizará como venablo cuando con el nuevo amanecer el sol abandone las tinieblas y los animales acudan al río a beber. Nuestra mujer, finalmente, está usando el pico perforador de la piedra para taladrar con agujeros una amplia piel, ya curtida, que quiere utilizar a modo de “chaquetón”. Pretende insertar algunas tiras de cuero en los agujeros que ha taladrado y luego colocándose la piel y ajustándola con las tiras logrará que se adapte cómodamente a su cuerpo… Quizás, incluso, sea algo coqueta, ¿quién sabe? Lo cierto es que no es lo mismo cubrirse con una simple piel de animal, que se le estaría cayendo de continuo, que hacerlo con una piel que se adapta a su robusto cuerpo gracias a los agujeros que ha hecho con el perforador y a las tiras de piel que utiliza para ajustarla a su gusto.
Y ahora, cuando han pasado 40.000 ó 50.000 años, Antiqva, paseando, se topa de súbito con todo esto y nuevamente puede sentir “AQUEL CALOR TENUE” del que en otra ocasión había hablado…
Y ahora, cuando han pasado 40.000 ó 50.000 años, Antiqva, paseando, se topa de súbito con todo esto y nuevamente puede sentir “AQUEL CALOR TENUE” del que en otra ocasión había hablado…
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