Un pájaro negro, con el pico sonrosado (posiblemente un mirlo), entró en su alcoba mientras ella dormía, se dirigió al armario, abrió el cajón de la ropa interior y escogió la más frágil de sus braguitas. Se la llevó y volvió a por un sujetador con el que hacía juego. En siete u ocho viajes había vaciado la gaveta. Luego sustituyó toda aquella lencería por unas imitaciones perfectas, realizadas con hojas de roble, pétalos de flores diversas, porciones de raíces, tallos trenzados y plumones de ave. Cuando despertó, ella no se dio cuenta del cambio y se puso uno de los conjuntos con los que el mirlo había suplantado a los verdaderos. Eligió una camiseta muy ligera, con el escote en pico, por cuyos bordes se veían partes de las hojas de roble, de los pétalos, de las raíces, de las plumas. Al agacharse, dejaba ver el comienzo de sus pechos sostenidos por aquel entramado vegetal. A veces, se le desprendía un plumón, un tallo, una ramita.
En la oficina había un individuo, el director de contabilidad, al que apodaban el Hombre Pájaro porque tenía los ojos muy separados, casi en las sienes, lo que le obligaba a mover la cabeza hacia un lado y otro con movimientos que recordaban a los de un ave. Cuando ella entró ese día en su despacho para hacerle una consulta sobre unos asientos contables, se le desprendió, al inclinarse sobre su mesa, un pétalo del escote y el hombre palideció de amor. Ese mismo día comenzaron a salir y apenas siete meses después se casaron…
Juan José Millás - La ropa interior de las mujeres