Cuando era niño nunca me interesó demasiado la naturaleza. Donde viví mis andanzas de chaval y experimenté mis epifanías juveniles fue en la calle; dudo que pudiera reconocer un narciso si viera uno. Así que cuando Clare Cavendish me propuso que diéramos un paseo por el jardín, me esforcé en ocultar lo poco que me apetecía ese plan y, por supuesto, acepté. Si me hubiera pedido que nos fuéramos de excursión al Himalaya, me habría calzado un par de botas de montaña y la habría seguido.
Benjamín Black – La rubia de ojos negros